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           Cristina Cuesta

 

 

 

                    

 

   

   

   

                     

                       

                   

                   

                        

                            

                           

                              

                         

                               

                     

                  

 

                                                     

                                      La Hija del Lago

                           ( Fragmento)

               

 

Las cosas más insignificantes nos cambian la vida, el elegir en un momento determinado decir algo que nos estamos callando, el ser nosotros mismos pese a que sabemos que las consecuencias de ello no nos harán la vida más fácil... en fin, hay gente que cree que todos nacemos con un destino  predeterminado, es decir, que no somos más que marionetas en manos del destino, pero yo no lo creo, porque si así fuera, seríamos lo mismo que animales, ovejas que siguen a la cabeza del rebaño, y es demasiado triste pensar que, hagamos lo que hagamos, dará igual, porque si estamos predestinados a vivir cien años lo haremos y si nuestro destino es morir jóvenes, en la flor de la vida, a manos de un inconsciente, también lo haremos.

 

En fin, todavía no he sido capaz de perdonarlo, ni después de diez años, ni después de que haya salido de la cárcel, ni aunque haya venido a verme hecho un mar de lágrimas y lleno a rebosar de arrepentimiento.  La mató, arrancó de mi lado a la única persona que me complementaba hasta el extremo de que, aunque ya hace una década que se fue, todavía sigue faltando esa mitad de mi ser que ella se llevó consigo en el momento en que algo tronó a mis espaldas y caí al suelo todavía agarrada a su mano.

 

– Habría que matar a todos los maricones – dijo mi primo una Navidad de hace ya once años.

 

Y ni ella, que estaba sentada a mi lado, ni yo, le dimos importancia.  Nos miramos sonriendo, pensando en que sólo eran las confesiones de un borracho el día de Navidad, creyendo que tanta palabrería acabaría por agotarlo.  La mirada cómplice de mi madre, que era la única que por aquel entonces lo sabía todo, nos hizo reír aun más.

 

¿Quién va a hacerle caso a un borracho que despotrica contra los gays, las lesbianas, el entrenador de su equipo favorito y el presidente del gobierno el único día al año en que se emborracha?

 

Unos meses después la confesión, el somos lesbianas y nos queremos, porque nos queríamos ir a vivir juntas y no deseábamos escondernos más.  La familia pareció aceptarlo, algunas caras raras, pero en general abrazos y buenos sentimientos.  Incluso mi primo pareció aceptarlo, nos sonrió, la abrazó y le dijo que me cuidara, que era una buena pieza.

 

Días después paseamos por la calle, hablamos de los muebles del piso, de los pocos que tenemos y lo poco que nos importa.  Alguien camina detrás nuestro, normal, estamos en las Ramblas de Barcelona y son las doce del medio día.  Escucho un clic, algo metálico justo al lado de mi oreja, pero antes de que pueda girarme un estallido me deja sorda, me retumba en la cabeza y, un segundo después, caigo al suelo aferrada por esa mano que no me suelta justo en su último instante de vida.  Cuando recupero la conciencia mi primo ya está esposado y grita, como un loco, que somos unas bolleras de mierda, que ojalá nos hubiera matado a las dos.

 

En su tumba una inscripción, las palabras que le dije la primera vez que hicimos el amor:

        

                                         Iré donde tú vayas, me quedaré donde tú estés

                                              Tú tierra será mi tierra y tú Dios, mi Dios

                                          Y nada, excepto la muerte, podrá separarnos.

                       

                          TE QUIERO

  Y ahora que me doy cuenta, ni siquiera la muerte...Volver